TAN LEJOS TAN CERCA

Dónde está mi mente brillante que congelaba a mis coetáneos.

¿Los chistes con los que conquistaba la gracia de bellas mujeres?

¿He perdido el buen humor y ahora soy un agrio cuarentón?

¿Fue eso un sueño de mis ebriedades?

¿O solo me he dado cuenta de que ese buen humor

era una sarcasmiosis que invadía mi alma?

Entonces, ¿soy más consciente ahora de las máscaras

con las que pretendía conquistar el mundo?

¿Estoy más cerca de mí mismo, de mi conciencia?

¿Tolle me ha enseñado el camino o es un charlatán más

que me hace pensar que pensar es un error?

Lo único honesto que puedo decir y que resume

mi vacía y desorientada vida es:

solo sé que estoy tan cerca y tan lejos de mí.

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Algo sobre ella

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Hablemos. Conversemos sobre algo bello.

Sobre cosas del estilo de un inexplicable amanecer en plena madrugada.

Como una tromba en pleno estío.

De esas cosas sorprendentes que suceden muy de vez en cuando.

 

Conversemos sobre ella mientras preparo una tacita de café.

¿Cómo es?

Es de ese color moreno que despide aroma a algodón de azúcar.

Tiene unos muslos bien formados y una cadera de miedo.

Su sonrisa es una apuesta a la felicidad, a la justicia del mundo.

 

¿Se pone de malas?

Sí. Trabaja mucho y eso no le hace bien.

Alguna vez dejamos de hablarnos durante meses.

Tal vez fue mi culpa.

 

 

 

 

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AL LÍMITE

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Vivir así no ha sido fácil.

Un día se está alegre, otro contento.

Un día la ira nos devora, ñam ñam.

Una noche pueden ser mil

recordando lo que nunca sucedió

y que tanto nos hace sufrir.

Una persona es una santa un día

y una perra al otro.

 

El tiempo pasa y andamos como muertos en vida.

Es cansado amar y odiar al mismo tiempo.

Es agotador despertar y emprender la rutina,

y las responsabilidades y no saber qué día

caeremos fulminados por la furia melancólica

que nos parte como un maldito rayo.

 

Nos cansamos de pisar el acelerador a fondo y, de pronto,

frenar en seco y sentir los corazones a punto de salírsenos.

 

Vivir en el límite es vivir la vida al borde del precipicio

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DE FIAR

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El mundo, sí, ha cambiado.

Y yo desconfío de las pequeñas porciones.

Desconfío de los productos light,

y de la gente que no come tacos al pastor.

No me gusta la gente que no bebe y me parece sospechosa

la gente que no bebe lo que a mí me gusta.

Las personas flacas son raras, como de otro planeta

y procuro hacerles unas cuantas preguntas acerca

de la relación que tuvieron con sus padres.

El yoga es algo de individuos desadaptados.

La lectura lo mismo.

 

¿Dónde quedaron los jugosos filetes, las copas hinchadas de vino,

las mujeres alegres y voluptuosas, los puros churchilianos,

las amistades invencibles, la esposa comprensiva y el culto a Dios?

 

Las cosas han cambiado….

O quizás el que cambió fue uno.

Tal vez sigan celebrándose grandes banquetes,

es posible que aún haya abrazos de mujeres

que saben lo que es el amor,

tal vez las familias sigan yendo a misa…

 

En esta habitación no sé mucho del mundo,

solo de mi sueño y de mi compañera:

esa hermosa gotera de cristal

que cae lentamente en la colcha

y húmeda empapa mis sábanas.

En ella sí confío.

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LO QUE ME DEJASTE

Picture 007.jpgCuando padre te fuiste era yo un pantano de incertidumbres. No sabía qué hacer ni para dónde caminar. Muy poco a poco, he visto en la dirección en la que siempre caminabas. no es fácil seguir el estrecho camino. En estos pequeños pasos hacia adelante y otros tantos hacia atrás, me he dado cuenta de lo fuerte que eras, de la forma en que te adaptabas a la vida.

 

Estos meses he trabajado para ser un poco como tú, me cuesta trabajo la sobriedad del espíritu, la paciencia, la serenidad, la templanza y la empatía. He caído en esos raptos de ira pero me levanto de inmediato y sigo poniendo en marcha los nuevos patrones de conducta. No es fácil pero cuando te veo sé que es mi suave yugo el intentar ser como tú. No quiero ser un individuo mezquino ni mentirosito, no quiero ser de esos que se consumen en sus fracasos, que se repiten los inteligentes que son antes los otros. Tú no eras así y yo no lo voy a ser.

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LA CAÍDA DE PADRE

 

 

Pobre padre me digo en las noches estrelladas,

en aquellas nubladas, también en las que luna

todo lo alumbra y no deja una lágrima que caiga

sin convertirla en líquido argénteo.

 

Pobre de ti, papá.

Cuánto tiempo estuviste tirado en ese lugar

tan frío y del que tus fuerzas no te podían liberar.

Papi, estabas ya condenado y tu sentencia

empezaba a cumplirse en esa avenida que debo recorrer

y que me enchina el alma cada que paso por el lugar

en el que yacías con tu carita hinchada.

Llegué a tu lado y mi alma como un delicado cristal

se rompió ante la imagen con la que me iré.

 

Qué difícil es aún conciliar conmigo que en tu caída

sufriste un profundo dolor, que ese golpe en la cabeza…

mira que quisimos consolarnos diciéndonos palabras

como “fue tan duro el golpe como un balazo”,

“acaso sintió una paz infinita”.

Oh, no y no y no.

No, papá, tú y yo lo sabemos.

Cuando lívido de pánico llegué a tu lado

agarré una de tus poderosas manos, esas de bellos dedos

y de hercúlea fuerza con las que doblabas cables.

No pude estar a tu altura, Pa, no pude.

las lágrimas corrían por mis mejillas

mientras trataba de hacerte regresar.

Te decía: “papá, eres muy fuerte. Vámonos a la casa.

Yo sé qué puedes. Aprieta mi mano si te quieres ir”.

Ay, papá, cuando apretaste mi mano mi mundo,

de por sí resquebrajado desde hacía años,

se vino abajo, todo terminó en escombros.

Era yo ese niño que pasea por la catedrales destruidas

buscando a Dios pero las piedras no respondieron.

 

“Papá, aquí estamos todos. te queremos mucho”.

Volvías a apretar y los escombros se hacían polvo

y el polvo se hacía nada y la nada brotaba en forma

de rojísima sangre de tu boca.

 

Llegaron paramédicos de algún infierno

del que nada aprendieron y parecían  niños jugando.

Llegó la ambulancia.

Mis hijos te veían con estupor.

Don Jorge, cómo era posible que el gigante

de nuestra vidas estuviera ahí indefenso.

Don Jorge, tú que nos protegías del dolor,

del sufrimiento y nos regalabas tus alegrías.

 

Mira que tus hijos que no solían preocuparse mucho por ti,

estaban alrededor tuyo, atentos, solícitos y tristísimos.

 

Las rosas se secan, padre.

Las rosas se marchitan, papá.

Tú nos habías prometido que serías inmortal, Papi.

Y yo te lo creí o quise creerlo

por eso escapaba de tu enfermedad,

por eso me llenaba de ira verte viejo y necio.

Te recuerdo como un bravo toro.

Salías a la calle y te saludaban: “buenas, ingeniero”.

Devolvías el saludo y me preguntabas “¿y ese señor quién es?”

 

Cuando tenía apenas diez años me llevabas

a las funciones de cine del Centro Cultural Universitario.

Papá, eras grande, enorme una fuerza impetuosa.

No te detenía la falta de dinero, veías que yo entrara de contrabando

a películas como “El acorazado Potemkin”, “Napoleón”, “Titanic” (la vieja),

“Fantasía”, la saga de James Bond, “Tarzán” y, cómo olvidar

ese clásico freudiano de Hitchcock, “Spellbound”.

y ¿recuerdas aquella de “Jonás”, en la que un obeso

comía espagueti sobre el cuerpo de una mujer desnuda.

Cómo te gustaba el cine.

Tu lectura de “Los cazadores del arca perdida” la tengo grabada

y procuro verla cada que puedo y me acuerdo mucho de ti

porque Harrison Ford se parece a ti.

 

Pa, Pa, Pa.

Eras un ingenierote.

Eras tú, siempre lo fuiste.

Tus sentimientos nunca los supimos,

estaban guardados muy en el fondo de tu corazón.

Tenías un buen humor extraordinarios

y cuidado con agarrarte de malas.

 

Me enseñaste tantas cosas:

electricidad, carpintería, mecánica automotriz, cerrajería, albañilería.

Recuerdo cuando cambiábamos las juntas homocinéticas del Renault.

Qué pesadilla pero siempre lo lográbamos.

Ay, es tanto lo que me viene a la mente.

 

Antes de terminar esta entrega, quiero decirte algo.

Te agradezco que me hayas salvado la vida con tu muerte.

Hasta el final viste por mí, como cuando enfermo y desolado

me consentías visiblemente consternado por mi sufrimiento.

Tu muerte, que no la quise ver porque estaba perdido

en una selva inacabable de la que no podía salir.

Tu muerte, padre mío, me está haciendo despertar a la vida.

 

Papá, ya no te veo en tu cama, cobijado hasta la cabeza,

ni dormido en la sala, ni platicando con las visitas.

Caíste y ahora te elevas…

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MUERTE EN VIERNES SANTO

ex-nihilo-3659En la madrugada un timbrazo del teléfono.

Ustedes conocen cómo suenan los teléfonos locales

cuando son malas noticias.

Adquieren un tono lúgubre que nos previene.

Era una enfermera del hospital.

Había que estar junto a padre.

 

Volví y te vi después de muchos días.

No respondiste a mis palabras.

 

Un par de horas después nos avisaron

que te habías ido completo.

Vi tu cuerpo. Aún estaba caliente.

No recuerdo qué te dije, tal vez una despedida.

 

Regresé en la tarde y ya había puesto tu cuerpo

en una de esas impersonales bolsas.

 

Moriste. Y morimos cada día como todos.

No somos especiales,

 

Qué drama tramitar tu muerte.

Ir a varias oficinas donde zopilotes acechan

para arrebatarse con sus picos

algunos centavos, unos peniques.

 

Al final de la jornada bajé a reconocer tu cuerpo.

Un lugar frío, con lámparas neón que prenden y pagan.

Un vigilante muy parecido a Cuasimodo

me pide firmar una hoja ante la presencia

de un doctor tipo Víktor Frankestein.

Abren la puerta y veo unas desvencijadas gavetas de acero inoxidable.

Abren trabajosamente una de las gavetas, me piden me acerqué.

Abren el cierre de la bolsa…. ¡Noooooo!

¡Ese no es mi padre!

Era la muerte, era una mujer con los ojos hundidos,

con la piel pegada al hueso. Me pareció que sonreía.

Salí a punto de vomitar.

 

Abren otra gaveta. Y ahí está tu envase.

Estaba frío, helado.

Te dije “hasta luego, papá”.

 

El alma se cuartea.

 

 

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