CONFESIONES DE UN SALINISTA I

El Rey habló: “No hay mejor momento en la vida, ningún placer similar. Si me preguntaran qué momentos disfruto más, qué es lo que en realidad me llena como ser humano, no dudaría un solo segundo en responder: cuando me vengo. Sí, cuando me vengo y siento que fluye toda esa energía vital estancada. Es que no hay nada que pueda ser comparado con el dulcísimo placer de la venganza”.

 

Philliphe Glassier Tourraint

 

 

EL PODER

 ImageLlegó el presidente Salinas. Nos saludó y se sentó. Hablamos generalidades, me preguntó por mi abuela y así. Después de cierto escarceo, fui directo al grano. Le dije que tanto Rodrigo como yo estábamos convencidos de nuestra vocación y que queríamos incorporarnos a la campaña de Colosio. No nos dijo ni sí ni no. Nos miró como burlándose. Sonrió y cambió el tema. No insistimos. Nos despedimos.

 

En el año de 1993 Carlos Salinas de Gortari era el Non plus ultra de la política mexicana. Y lo era más o menos para todos. En ese tiempo yo era un recién egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM. Junto con compañeros de la facultad habíamos visitado un par de ocasiones al entonces presidente, quien, en vísperas del término de su sexenio, se daba tiempo para conocer a las nuevas generaciones. Colosio andaba en los inicios de su campaña, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) todavía no hacía su aparición y las cosas marchaban para Salinas. Nosotros, en especial Rodrigo Elizarrarás y yo, que acabábamos de cumplir 23 años, buscábamos cómo colarnos en el carro colosista. Gracias a los buenos oficios de mi abuela, la maestra Emilia Loyola, que había sido amiga de Margarita de Gortari durante su época en la Escuela Normal de Maestros, pudimos acercarnos al mismísimo centro del poder. No recuerdo a ciencia cierta la fecha en que Rodrigo y yo nos presentamos en Los Pinos. Era un día claro y despejado. El desayuno al que habíamos sido invitados era informal, se nos dijo. Esperamos al presidente durante unos quince minutos. Yo me sentía en la gloria, saboreando lo que creía era el inicio de mi fulgurante carrera política. La visualizaba bastante bien: una diputación con discursos memorables, alguna delegación en el Distrito Federal, una senaduría, el gabinete y quién sabe hasta dónde llegaría.

 

Después de la sorpresa del año nuevo de 1994, recibí una llamada de la oficina del coordinador de campaña de Colosio. Feliz de la vida me incorporé a la campaña. Rodrigo decidió no entrarle, adujo que prefería estar al 100 por ciento en la carrera.

 

Conocí a Colosio en una comida organizada por César López Negrete. En un hermoso y recién remodelado edificio del Centro Histórico de la ciudad de México, propiedad de la familia López Negrete, fue dispuesto un evento universitario para escuchar al candidato del PRI a la presidencia de la República. Ubicado a un costado de la Plaza Mayor, el edificio renaciente esperaba la llegada del candidato. Nosotros esperábamos no tan impacientes gracias a las generosas cantidades de cerveza y vino. Colosio llegó a las dos de la tarde. Tenía fachada de buena persona pero qué barbaridad, pensé, luce agotadísimo, con unas ojeras nada bonitas. El rostro quemado por el sol y el paso cansino de quien anhela dormir todo el día (con esto no quiero agregarme a la lista de quienes vieron en Colosio a un muerto viviente: “lo recuerdo con el rostro triste, como alguien que sabe que va a morir, él presentía su repentina muerte”.) Aun así, era posible percibir a una persona segura, tranquila. Al verlo era inevitable pensar en que su rostro era el de un mexicano típico: un taxista, un taquero, el vecino que siempre nos saluda. Se dirigió hacia mí, que era el organizador del evento. El apretón de manos, el abrazo, las palmaditas en la espalda.

-El presidente me habló muy bien de ti. Felicidades por la recomendación-, me dijo antes de saludar a los demás. Qué horror, pensé cuando vi las manos apiñarse en torno al candidato, tener que saludar a tantos y fingir. Colosio extendía su mano repitiendo “gracias, muchachos, gracias”. Dijo algunas palabras agradeciendo la bienvenida. A la hora de hablar se le notó el cansancio. Arrastraba la voz y se esforzaba por no bostezar. Su voz clara pronunció un discurso plano que hablaba de los jóvenes y el futuro de México. No fue el discurso de un político brillante, simplemente se trataba de un mero trámite. Ahí estaba nuestro seguro próximo presidente y yo estaba sentado junto a él.

 

Colosio decidió hacer de la comida la última parada del día. Tocaban los jaraneros. Corría el tequila. Colosio, con el rostro enrojecido por el tequila y mucho más relajado, preguntó a quiénes les gustaba la poesía. De inmediato las miradas cayeron sobre Rodrigo Elizarrarás y sobre de mí. Sabíamos de la afición de Colosio por la bohemia. También estábamos bien enterados de su afición por la poesía de Jaime Sabines. Desde el momento en que se pensó en organizar la comida acordamos no importunar al candidato con peticiones para que recitara Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. Colosio preguntó si nos daba por escribir poesía. Asentimos.

 

-A petición popular reciten algunas poesías-, pidió un afable y simpático Colosio. Rodrigo recitó una poesía de Oliverio Girondo cuyo título no recuerdo pero que empieza “cansado, sí, cansado” (muy ad hoc). Aplaudimos. Elizarrarás tenía un estilo muy particular a la hora de recitar: un tono regular, elevaba la voz solamente cuando sentía que el poema lo pedía y lo hacía de forma muy sutil. Pero su secreto radicaba en que le imprimía a las palabras algo así como un acento, un color sudamericano. No era un acento voluptuoso, tropical. No, era un acento fluido, firme, que sometía las palabras y las ponía a su servicio. Sorprendidos vimos a Colosio pararse, dio la vuelta a la mesa y abrazó a Rodrigo. Rodrigo no alcanzó a decir palabra. Atónito recibió el abrazo y escuchó las palabras de Colosio.

 

– Muy bien, Rodrigo, muy bien-. Era mi turno y recité alguna poesía. Colosio no me abrazó pero me dijo desde su asiento “perfecto”. Siguió agradable la tarde.

 

El candidato anunció que se retiraba a descansar y nos hizo saber que había sido la mejor tarde de su campaña. Dirigiéndose al grupo, pero fijando la mirada en Rodrigo y en mí, pronunció unas palabras.

 

-Muchachos: en la tarea que estoy seguro voy a desempeñar los quiero cerca de mí, quiero muy cerca de mí a los jóvenes. Hay algunos asuntos pendientes, como el de Chiapas, y quiero que ustedes participen en la solución. Los quiero cerca de mí, del gobierno que formaremos y que será una gran responsabilidad compartida. Los jóvenes, ustedes, harán su parte-. De inmediato vino a mi mente la escena en que Madero le dijo a Vasconcelos en Palacio Nacional que, al terminar con el asunto de la Ciudadela, los jóvenes asumirían más responsabilidades. El envanecimiento me inundó: el futuro estaba ahí, junto al presidente Colosio. Brindamos con la adrenalina en su punto más alto. Al candidato se le ocurrió que saliéramos a observar la ceremonia de arriamiento de la bandera.  

Anuncios
Leer Más "CONFESIONES DE UN SALINISTA I"

BALÉ

Image

Este poemita lo escribí hace más de 20 años. Me gusta por breve, conciso, desolado.

 

BALLET

 

Dejaste al partir

Un baúl lleno de chucherías

Tengo aquí tus zapatillas de ballerina

Tus listones de celosía

Tus blancas mallas

Tengo el pánico de tu primer baile

El aplauso desmedido

El aroma de las flores debutantes

Tengo las conmovidas perlas de tus lágrimas

El sudor de tus ensayos

Lo tengo todo

Pero tú quién sabe

Por Dónde y con Quién andas

Nueva York

Viena

Berlín

Moscú…

 

 

Leer Más "BALÉ"

CONFESIONES DE UN SALINISTA

EL IDO DE MARZO Llegó el mes de marzo. El día veintidós ya sabía yo lo que sucedería en la tarde de aquel día: Manuel Camacho Solís renunciaría a la intención de postularse como candidato a la presidencia. Anteponía Camacho, según palabras de Marcelo Ebrard, la búsqueda de la paz en Chiapas a la silla […]

Leer Más "CONFESIONES DE UN SALINISTA"

BEATRIZ

En mi búsqueda encontré esta narración de la que ya no me acordaba. Me gusta. El personaje de don Matías está inspirado en Ricardo Garibay. Creo que don Matías da para mucho más.    No me entrego a nada. Nada me apasiona. Paso el pincel por el lienzo, cada que pongo rojo en esta manante […]

Leer Más "BEATRIZ"

JERUSALÉN

Poema en la ciudad de la paz. Duermo en el kibbutzmecido en la hamaca del cansancio,vuela mi vista sobre la ciudad:la cúpula, es verdad, es un sol. Túnicas negras besan el muro,brotan dedos de papelde las polvosas hendiduras. Una anciana en sedasbesa el Sepulcro de Cristo. Retumba en el paraísouna andanada de balazos.

Leer Más "JERUSALÉN"

VAKIS

Todas las mañanas los tres caminábamos al parque: mi hijo, nuestra perrita guarura Bambi y yo. Antes de llegar al lago encontrábamos a esta simpática vakis. Hasta la fecha sospechamos que estaba ahí para espiarnos.

Leer Más "VAKIS"