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Este poemita lo escribí hace más de 20 años. Me gusta por breve, conciso, desolado.

 

BALLET

 

Dejaste al partir

Un baúl lleno de chucherías

Tengo aquí tus zapatillas de ballerina

Tus listones de celosía

Tus blancas mallas

Tengo el pánico de tu primer baile

El aplauso desmedido

El aroma de las flores debutantes

Tengo las conmovidas perlas de tus lágrimas

El sudor de tus ensayos

Lo tengo todo

Pero tú quién sabe

Por Dónde y con Quién andas

Nueva York

Viena

Berlín

Moscú…

 

 

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BALÉ

Minientrada

JERUSALÉN

Poema en la ciudad de la paz.

Duermo en el kibbutz
mecido en la hamaca del cansancio,
vuela mi vista sobre la ciudad:
la cúpula, es verdad, es un sol.

Túnicas negras besan el muro,
brotan dedos de papel
de las polvosas hendiduras.

Una anciana en sedas
besa el Sepulcro de Cristo.

Retumba en el paraíso
una andanada de balazos.Image

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¡NÓMBREME!

Poema en prosa con influencia surrealista. Para mayores informes véase Mi vida con la ola de Octavio Paz. Image

Abrí un libro casi tan viejo como la manía del hombre por escribir. Pasaba las hojas del pergamino. Mis ojos encontraron una palabra. Mis oídos escuchaban que la palabra pedía a gritos ser nombrada.

-¡Señor, por lo que más quiera en este mundo, nómbreme, nómbreme, no me deje aquí encerrada, soy una princesa encantada por el maléfico embrujo de un druida! ¡Nómbreme, señor, nómbreme, que yo sabré agradecerle, seré su esclava, tendrá en mí esposa, cocinera, lavandera, pondré en su mesa los más suculentos manjares, en su lecho le haré conocer la felicidad, nómbreme, señor, nómbreme!

Avergonzado por los gritos miré alrededor: la sala de lectura seguía en su cotidiana calma. Me acerqué a la palabra y susurré.

– Pero cómo la voy a nombrar así porque sí. Yo soy libre de nombrar aquello que me place o simplemente nombrar lo que se me viene en gana. Puede ser usted una princesa encantada o una reina o una rosa o un colibrí pero no me nace nombrarla, discúlpeme usted, no me nace. A punto de cerrar el libro la palabra desesperada…

-¡No señor, espere, no me condene al silencio añoso de estas hojas, sea compasivo, míreme, llevo siglos y siglos encerrada en este libro, soy una princesa, la más bella que la tierra ha pisado y si usted me nombra seré suya, suya, deme la libertad que no será sino suya, déjeme agradecerle con mi boca, con mis manos y mis piernas, que siendo palabra no lo puedo hacer, nómbreme, señor, nómbreme!

No sabía yo qué hacer, por qué nombrarla: ¿por tener una princesa a mi lado? No, jamás lo haría por eso. Decidí nombrarla…por compasión, por pura y humana compasión. Y la nombré, la boca se me llenó de sus letras. Ante mis ojos la palabra desapareció. Cerré el libro y me olvidé de lo que parecía haber sido un sueño, un deseo o lo que pudiera haber sido.

Abrí la puerta de mi departamento: sobre la mesa del comedor los manjares de libros y palabras. La princesa, cierto que era la más bella, prendía las velas. Se arrojó a mis brazos, me llenó el rostro de besos y caricias. Me senté a la mesa y se sucedió la enciclopédica cena: degusté La República de Platón en dulce salsa de ciruelas; Edipo Rey al mojo de ajo; supe de la especialidad de la princesa: Génesis y Apocalipsis en nogada; sopa de Lieder de Heine; apenas probé el estofado de Ulises y el albondigón de Proust; por no ofender partí el pastel de La Celestina. A punto de reventar me levanté para entregarme al sueño. La princesa me hizo el amor, me hizo el amor desquitándose por los siglos de encierro.

Desnudó mi cuerpo con pasajes del Decamerón, algo dijo de Chaucer y Sade. Terminó con Nabokov y Bukowsky.

Abrí cada noche la puerta y se repetían los manjares y los amores. Pero me resistía, pasadas algunas semanas, a sus empeños por hacerme feliz. De aquellas noches me queda el grato recuerdo de la cena de navidad: vino de Donne; ravioles de Vita Nova; romeritos de Rimas y Leyendas; Pavo de Rayuela. Busqué en todos los libros de la biblioteca, con el método ambrosiano, algún conjuro que la alejara de mí. Nada y ella sospechaba de mis intenciones.

Abrí la puerta del baño: un charco de rojas palabras empezaba a escurrir por la coladera. La princesa tendida en la regadera con un borrador en la yugular. La llevé al hospital. De inmediato el doctor ordenó aplicar suero de graves y esdrújulas, atropina de Whitman. Me llamó el galeno.

– ¿Sabe la razón por la cual intentó suicidarse?

– No, no, doctor.

– ¿Ha notado algún cambio en su comportamiento?

– No, doctor, no.

– ¿Es su esposa?

-No…

– ¿Su novia?

– No…

– ¿Su amante?

– Pues…

– ¿Su esclava?

– No…

– ¿Su hermana?

– No…

– ¿Su hija?

– No…

– Entonces dígame ¿por qué vive con usted?

– La encontré…

– Ah, no será que la secuestró…

– Por favor doctor, no piense eso…

– ¿Pensar qué?

– Que la secuestré.

– ¿Y cómo sabe que lo pensé?

– Porque lo dijo.

– Ah, entonces porque usted dice yo tengo que pensar las cosas antes de decirlas…

-Bueno, doctor es que…

– Mire jovencito, no sé cara de qué me vio pero de mí no se va usted a burlar, ¿me entendió?

– Sí doctor…

– Así está mejor.

Abrí la puerta de la sala de recuperación. La encontré pálida con tubos y mangueras.

– ¿Cómo te sientes?

– Bien…perdóname.

– No tengo nada que perdonarte. Tomó mi mano entre las suyas, lloraba la princesa.

– Me has dado todo cuanto necesitaba. Por favor mátame.

– No digas eso.

– Mátame, ya viví lo suficiente, mátame por favor-. Le di un beso en la mejilla…desconecté el suero. Cerró los ojos, una frágil sonrisa se dibujó en sus labios antes de morir. Murió la princesa. Salí del hospital, caminé en la madrugada de la calle solitaria. Un farol, un ladrido, una sirena de ambulancia.

Abrí la puerta. Nadie me recibió con besos ni manjares ni amor. Al día siguiente abrí el libro, ahí estaba de nuevo la palabra, escrita por invisible mano. Y la nombré, la nombré mil y un veces. Corrí al departamento, abrí…nadie.

Abro el libro y aquí está la palabra y la nombro, la nombro y la nombraré el resto de mi vida.

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CREPUSCULALIA

Si no me atrevo a publicarlo, quién lo hará. Image

Si una noche,
a la caricia de las sábanas abandonada,
sientes que alguien bebe de tus ojos…

si en la marisma del sueño
sientes que has hecho florecer un jardín…

si abrazada al ancla de la almohada,
escuchas la voz de un náufrago
susurrar tu nombre una y otra vez…

si dormida volteas en un murmullo
y sientes unas manos enamoradas
descubrir el tesoro de tu cuerpo…

si en el ardiente verano de tus sueños
ves germinar sedosos luceros
y mágicos girasoles áureos…

…no despiertes…
y deja que este habitante del insomnio
viva el infinito crepúsculo de tu sueño

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A PROPÓSITO DEL 2 DE OCTUBRE (O LOS PAPÁS DE LOS GRANADEROS)

En 1968 mi papá no era lo que se dice un jovenzuelo. Tenía sus cuarenta años bien cumplidos. Mi mamá dice que su esposo, o sea mi papá, dejó de irse de juerga como a los sesenta años (cuando ella cuenta esto mi papá pone cara de nostalgia). De toda esa época se dicen muchas cosas, pero una de las más interesantes sucedieron durante el espeso mes de octubre de 1968.

En ese entonces mi padre trabajaba a marchas forzadas en Villa Olímpica, para dejarla a punto para los Juegos Olímpicos. Acababa de suceder la tragedia del 2 de octubre cuando mi padre se relajaba en una cantina del centro. Brindaba con los demás ingenieros y, de pronto, entraron a la cantina diez soldados. Éstos les ordenaron a los parroquianos ponerse de pie. Todos se levantaron menos uno. Uno de los soldados se acercó a mi padre y gritándole le preguntó por qué no se levantaba. Según uno de los testigos mi papá le dijo al soldado que no estaba de acuerdo en que anduvieran metiéndole miedo a la gente nada más porque sí. El soldado lo tomó del brazo para llevarlo afuera de la cantina. Mi papá le dejó a uno de sus amigos cartera, reloj y pidió que le avisaran a mi mamá. Salió mi papá, lo presentaron ante un militar de mayor rango y, luego de un breve interrogatorio, lo dejó ir. Bueno, existe una hipótesis alternativa sobre este caso la cual dice que mi padre no se levantó porque no pudo.

Pero hay otra experiencia aun más interesante de mi progenitor en ese año. Cuando las obras de Villa Olímpica fueron concluidas se llevó a cabo una gran pachanga entre los arquitectos, ingenieros, albañiles y demás involucrados. Después del 2 de octubre los ánimos no estaban muy elevados que digamos. Ya entrada la noche, y con los invitados medio borrachos, una señora hizo uso de la palabra.

– En vista de los terribles acontecimientos que han sucedido yo quería recomendarles una cosa. Que hablen con sus hijos, que les digan que se estén tranquilos, que no se metan en problemas. No vaya a ocurrir otra desgracia. Hablen con sus hijos, por favor-. Silencio en el banquete, de por sí los ánimos estaban por los suelos con el discurso la atmósfera se volvió más tensa pues los frescos recuerdos del 2 de octubre volvieron. Una persona se levantó de su asiento: mi padre.

– Estamos de acuerdo con usted. Tenemos que hablar con nuestros hijos. Además, yo quiero proponer una cosa: que se forme una comisión de personalidades distinguidas o que cualquiera vaya a hablar, a entablar un diálogo…con los papás de los granaderos para que ellos hablen con sus hijos-.

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