ALMUDENA

“Almudena” forma parte de la novela Sisífica. Es un texto un poco subido de tono y divertido. Disfruten. 

ImageSe los digo a ustedes, fillos míos. Ella jamá será una marchita, pero cuando uno es chavalo la enceguez de la cané, ah fillos míos. Y ora que estoy aquí sin diente, con ustedé pendiente de lasmis palabreras. Y que los viejo me lo decía, una yotra yotra vez: mira, chamaquillo, que yo sé de eso que ella no valde la pena, que no valdía la pena esa mujer. Y yo que me descosía de vé ese cuerpo, y sentía por dentro cuando la vía y mi alma como una florecillita, una florecillitilla, así. Así era ese amor de la maja Almudena, sí, porque ella había prometido muchas cosas. Y se sufre un tiempo, pero para leugo la vida velve y le da a uno otras cosas, por renegar del amor, de ese enamorazgo hasta el tuetanero. Y lo digo porque lo viví, mis fillos, yo viví el enamorazgo con la Almudena. Esa de la que tanto habla en los patios y que ha sido jovené por siempre. Que si es bruja, que se io. Esa que vive sola en La Casa de la Burbuja, y que ustedé sólo la ven como una mujerota candeliente que glita desvariatadas en las noches de luna entera. Y nunca sabrán lo que fue escuchar de su boca, de la boca de Almudena, que sólo había yo sido un momentito de placer, que estaba en soledá, dolió y barbaritates. Como un castilillo que se cae. Almudena era linda, sí, eñor, casi perfecta, es linda la muy Almudena. Su cuerparazo, toda ella, todo bueno todo él. Y qué bonito brillitaba cuando por sus chapetenes rozaban lágrimas o lo que quería de mí, que se escurría por esa mejilla de barbaritá y que ella esperaba con pacientilla a que llegara a su bocaza, a su carnaza de labios, en sacando su lengüetilla. Porque Almudena, vive Dios, es una de las mujeré más falasas, crudeles, hipócritas quen se hayan dejado ver en la tierra. No sé si esas cadereitillas y esas terribles piernas que yo beseé una yotra vez, me embrujalaron pero fue eso, sí, un embrujalazo. Mi mujé, ahora fallecidilla, conoció a la Almudena y me decía:

-Lo que Almudena tiene de guapa lo tiene de maladilla, Santiago. No sé cómo caíste en su trampa-. Tonto de mí que pensé que mi lloradalla mujé tenía simples celos por todo lo que Almudena yera en el pueblo, porque ella significaba algo, como una banderola, como un hipno. Porque tendrían que heberla visto, ¿ya la han visto?, para comprender de lo que hablo: ese mujeón que bajaba al pueblo con su vestiditillo negro entallado, vaya que era bellota y todos los chavalanes en el quicio a verla pasar. Se movía con delicadetiza, pero firme como unestatua de cané morena y su mirada altiva, grande la Almudena, grande. Pero en el pueblo se le respetabara, no había quine se atreviera a decirle alguna cosa maladilla o cosa por el estilo, porque llmala arté. Era una mujé que había nacido con el poer de la mirada. Bastaba que descargara una miradaza cruelera sobre cualquié infelizallo para que el pelado no volviera a ever la uz del día, sí eñor. Los amorillos de Almudena fueron desventurados para quienes como io, la desgracia de adentrarse en las candelencias de su cuerparazo y las negruras de su alma. Porque era una mujé mala, sí eñor, mala de a de veras. Almudena no tenía reparo en destruir, era mala la maja. ¿Qué edad tenía yo entoncé? Pues que unos veinte añillos. Y no es que quiera yo presumir de lo que el tiempo me quitó, me era yo un caballazo bien dado, hecho, duro, forrado en el trabajo de campo y mi cuerparazo era como sido eso de los dioseses o semidioseses que lo que sea valga para los efetos de esta contadera que tyanto me han pedido los míos nietos que se apelamazan sobre de mí cuando vienen y me dicen que les cuente de Almudena y de mi juventud. Pues sí, que era yo un ferracho hermoso con el bronce en la piel, y las muchachasas del campo me veyían y sonreían y leugo mis compañeros de faena me decían que te habla esa señoritilla. Pero era yo joven y aunque la sangraza bullía por mis venasas y la sentía yo ardientetes pues me estaba esperando porque los míos patres me decían que esperar, que las cosas serían meyor si le daba mi juventud a mi esposilla. Y entoncé ahí andaba alzando la cosechasa mientras las muchachas ataban los guatios y cantaban esa cancioncilla que todavía se escucha en los campos, que no recuerdo bien como uiba. Y sapía yo de Almudena, pero de oídas porque hasta ese día no la había visto yo pasar porque no bajaba yo mucho para el pueblo, donde mis patres tenían la suya casa, y yo prefería pasármela los días y las noches en el campo donde trabafaya en las tardes me tiraba con los míos perros y veyíamos las estrellas y esta es ésta y cuando anochecía veyía yo la luna y los perros jugueteaban y alumbraba tyanto ella que parecía que los campos ardiyan con una luz de azul de mar. Y sí, un buen día, que digo día, fue una de esas noches fresquetas, fresquetas de luna llenaza cuando vi que una figura se acercaba y pasó el granero y yo preguntaba bueno pues quién valaser a estas deshoras en que todo mundo anda bien alagañado. Y la figura aquella se fue acercando y yo, que tenía buena vista entoncé, la vía desde lejos y me dije pero que mujé tyan bien hecha, porque io le vio su cuerpo en un vestido blanco cortito y yo veyía sus piernas largas, sus muslos que brillaban, como si se los hubiera untado con el aceites, y se uiba acercando, se uiba acercando y yo ya la veyía sus brazos morenos, lindos, firmes y me decía yo tirado en un montón de hierba fresca que de dónde podía haber salido tyanta cosa tyan boniota porque era yo joven y me impresioné. Entoncé la vi má de ecerca y le vi los suyos labiazos, los suyos pecharazos que se veyían duros, duros y que sus tetillas estaban en su punto, alzadas como picas. Y leugo le vi la boca, los iojos tyan lindos y tyan calculadores y su cabello negro, y ella tyan lindazaza y la vi que no traía calzonaje y vi como la gran ventolasa se colaba entre sus piernas y levantaba su vestido como una, no sé, mis fillos, pero qué, y yo me quedé sin aire porque la vi esa parte suya tyan tiernilla y velludilla como un animalitillo que desacansaba ahí en su entrepierna y leugo el vestido la volvía a tapar. Y ya frente de mí, que yo era un chavalo que poco conocía de esas cosas, vi cómo la Almudena levantó sus vestido y se puso frente a mi caraza y empezó, ay, mis filillitos, que no debería decir estas cosas para ellos, a movierse como bailando una danza extraña porque se hacía para allá y para acuá y leugo sus dedos, qué bonitos dedazillos, despertaron al animalito ese y ella empezó a hacer ruiditos como pujiditos, y su cabellaje de esa parte brillaba porque escurría un liquidillo y yo que me estaba ahí con la boca abierta, con los iojos pelados hacia no sé dónde y mi nariz, que percibí un olor de rosaje, bueno de rosas y gardenias y de claveleles porque mientras ella se acariciaba con los suyos dedos esa parte tyan de su cuerpo, su selvita brillaba porque un líquido salía de ella y olía y olía muy fuerte, y Almudena, que en ese momento yo no sapía que era ella, decía que estaba candeliente, que necesitaba una cosa dentro della porque sólo así podría ser feliz y decía má cosas: que quería yo le chupara su cositilla y que ella era mujé candeliente pero descendiente de gente decente pero que no podía contriolar el hervoritillo que le recorría el cuerpo, y se bajaba hasta mí y se levantaba y se daba la vuelta y se pellizacaba las suyas nalguitas que eran grandes y bien hechotas y me decía que la besara y se volvía a voltear cada vez má y má candeliente. Y yo que era un chavalo pues que no sapía qué hacer y que la pícaraza de Almudena que se quita el vestido, ay mis filillos, y yo la vi tyan desnuda que pensé en taparla con algo o decirle que se uiba a resfriar pero ella estaba tyan candeliente que yo lo podía sentir y entoncé se tiró sobre la hierbaza y con la boca para abajo se ponía la mano en sus partes y se acariciaba y me decía:

-¡Ay, Santiago, Santiaguito, qué esperas para hacerme tu mujé que yo quiero ser feliz, ay, Santiaguitillo que ya no aguanto, que ya no aguanto!-. Y yo que era una caballo que no sapía mucho de esas cosas pues que no hallaba qué hacer pero mi cuerparazo sí y yo ya traía la flecha encalibrada pero pues que me daba la cosa. Entoncé Almudena, bien desnuda, con la pechada en alto, firme, y la panzasa bonita, firme, y su ombliguito como un iojito que estaba y con todo el cuerpo ensudado, se arrojó sobre mí y me quitó las pantaloneses y yo ahí con la flecha desenfundada sin saber qué hacé y ella, ay, Almudena, recordar estas cosas a estas alturas que me peuede matar, eh, que me peuede matar, y la puso en su bocaza y la chupaba como si fuera un paletín de azúcar y lalamía como si fuera de azúcar y yo que no hallaba qué. Y con su manecita la Almudena me agarraba y me decía que qué chavalo tyan hombre porque me decía que era yo enorme y no dejaba de besalarla. Y yo con mis manecitas pues que uiba aprendiendo y le acariciaba su cabello y su espalda tyan húemeda y ella gritaba que quería, que quería más de mí. Entoncé que agarra la Almudena y se trepa en mi cuerpo y yo sentí que mi flecha se introdujo en una húemedad tyan húemeda, sí, eñor, y sentí estar dentro de su cuerparazo y ella parecía que la estaban golpeando, sí, como si le pegara y se jalaba los cabellos grityando:

-¡Qué rico Santiaguito, qué rico que quiero má, má de ti, sólo quiero lo que tú me das, ahh, ahhhh, ay, ay , ay ! Y entoncé que ella se convulsionó con sus gritos también y io ponía mis manos en su caderera y acariciaba su nalgaza húemeda porque eran grandes y boniotas y las pretaba tyan fuerte como si las esprimera y me decía que se las pretara má y que le hiciera no sé qué. Leugo la Almudena se tiró boca abajo y me gritaba que la montara como caballo y pues io que con la marcha uiba aprendiendo pues que la monto y pues que meto la cosa y ella como loquita, la Almudena me agarró las manos y las puso sobre su pechada, firme pero tiernecilla, y las estruajaba y me pedía que las pretara má que quería sentir, sentir mucho y pues yo obedecía porque ella era má grande que yo, de unos veinte y cinco io creo, y no le uiba a faltar el respeto a una mujé mayor que yo. Entoncé después de un tiempo yo fui sintiendo como una sensación muy rara de que algillo. Y ahí estaba yo que la metía que cabalgando. Y después del tiempazo aquello io sentí en mi cuerparazo y en esa parte mía que algo uiba a pasar, pero no sentía yo miedo pero pues me decía qué qué pasa, y entoncé me dijo la Almudena si sentía yo algo, porque yo creo que ella lo sintió y le dije que sí y ella, como un tigrazo, se escabulló agarró mi flechaza y la volvió hacia su bocaza pero con mucha má fuerza, si, eñor, y yo sentía como una que algo uiba a explotar dentro de mí y fue entoncé cuando sentí algo demasiado increíble y Almudena gritaba:

-¡Sí, Santiaguito, sí, que quiero tu líquidillo para ser feliz, quiero beber tu lechecitilla, Santiaguito!-. Que pues yo no sapía que era eso de la lechecita y yo pensaba que sólo las mujées daban lechecita a su hijillos y entoncé, ay fillos míos, sentí una explosión en la mía flecha y me eché para atrás y sentí que el mundo se me uiba y se me caía encima y la Almudena chupaba y chupaba y vi que de su boca salía una lechita. Y yo sentí que me uiba al cielo, que uiba y venía y como una convulsión y leugo me sentí como cansado y tranquilo, mientras la Almudena seguía chupetete chupetote y mi flecha se hacía má chica. La Almudena se puso encima de mí y me veía el cuerpo y se volvió a poner la mano ahí y yo ya no sentía mucha ansia por ella pero Almudena siguió por un tiempo hasta que yo pude otra vez y esa noche me enseñaló muchas cosas. Pero la Almudena era mala de a de veras y yo no lo sapía y me quedé dormido en el campo y desperté con el sol, todo en cueros, y las chavalas del pueblo pasaban y se tapaban los iojos pero bien que dejaban los dedos abiertos para velerme. Y io, pues todo en cuerazado, ahí y no sé cómo pero todo el pueblo se enteró de lo de la Almudena y los hombres me envidiaban y otros me compadecían, y a las mujées les daba celos y a otras compadecencia y yo pues me quedé obsesionado y desde ese día ya no pude trabafayar como debía y la uiba a buscar a su casa y me escondía detrás de una carreta y veyía que ella salía muy maja y yo la seguía pero no me trevía hablarle y varias veces tuve que hacérmelella porque nada más de vierla me ponía candeliente porque recordaba su selvita, sus piernas y el olor de su cosa, y cuando la Almudena. Y la seguía día y noche y mis campos se perdeyían porque ya io no trabajafaya allí y me acostumbré a pensar mucho en Almudena. Hasta que un día llegó ella otra vez y me dijo que io era su hombrazo y me hizo unas cosas y después yo le hice otras, porque ella era insaciable , la Almudena. Ay, mis fillos.

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