A PROPÓSITO DEL 2 DE OCTUBRE (O LOS PAPÁS DE LOS GRANADEROS)

En 1968 mi papá no era lo que se dice un jovenzuelo. Tenía sus cuarenta años bien cumplidos. Mi mamá dice que su esposo, o sea mi papá, dejó de irse de juerga como a los sesenta años (cuando ella cuenta esto mi papá pone cara de nostalgia). De toda esa época se dicen muchas cosas, pero una de las más interesantes sucedieron durante el espeso mes de octubre de 1968.

En ese entonces mi padre trabajaba a marchas forzadas en Villa Olímpica, para dejarla a punto para los Juegos Olímpicos. Acababa de suceder la tragedia del 2 de octubre cuando mi padre se relajaba en una cantina del centro. Brindaba con los demás ingenieros y, de pronto, entraron a la cantina diez soldados. Éstos les ordenaron a los parroquianos ponerse de pie. Todos se levantaron menos uno. Uno de los soldados se acercó a mi padre y gritándole le preguntó por qué no se levantaba. Según uno de los testigos mi papá le dijo al soldado que no estaba de acuerdo en que anduvieran metiéndole miedo a la gente nada más porque sí. El soldado lo tomó del brazo para llevarlo afuera de la cantina. Mi papá le dejó a uno de sus amigos cartera, reloj y pidió que le avisaran a mi mamá. Salió mi papá, lo presentaron ante un militar de mayor rango y, luego de un breve interrogatorio, lo dejó ir. Bueno, existe una hipótesis alternativa sobre este caso la cual dice que mi padre no se levantó porque no pudo.

Pero hay otra experiencia aun más interesante de mi progenitor en ese año. Cuando las obras de Villa Olímpica fueron concluidas se llevó a cabo una gran pachanga entre los arquitectos, ingenieros, albañiles y demás involucrados. Después del 2 de octubre los ánimos no estaban muy elevados que digamos. Ya entrada la noche, y con los invitados medio borrachos, una señora hizo uso de la palabra.

– En vista de los terribles acontecimientos que han sucedido yo quería recomendarles una cosa. Que hablen con sus hijos, que les digan que se estén tranquilos, que no se metan en problemas. No vaya a ocurrir otra desgracia. Hablen con sus hijos, por favor-. Silencio en el banquete, de por sí los ánimos estaban por los suelos con el discurso la atmósfera se volvió más tensa pues los frescos recuerdos del 2 de octubre volvieron. Una persona se levantó de su asiento: mi padre.

– Estamos de acuerdo con usted. Tenemos que hablar con nuestros hijos. Además, yo quiero proponer una cosa: que se forme una comisión de personalidades distinguidas o que cualquiera vaya a hablar, a entablar un diálogo…con los papás de los granaderos para que ellos hablen con sus hijos-.

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