BEATRIZ

En mi búsqueda encontré esta narración de la que ya no me acordaba. Me gusta. El personaje de don Matías está inspirado en Ricardo Garibay. Creo que don Matías da para mucho más. Image

 

No me entrego a nada. Nada me apasiona. Paso el pincel por el lienzo, cada que pongo rojo en esta manante herida del toro. El torero con el traje manchado de su sangre prepara la espada. No será la muerte en este cuadro, tal vez en ninguno y por eso el toro y el torero vivirán un eterno momento. Darle una estocada de luz solar al traje de luces, como si fuera una esperanza, no para el toro, claro, sino para el que observa el cuadro. Hay que descansar.

Beatriz entró a la recámara. Desnuda. La veía y me sentía cubierto de mierda de esa que escurre del cerebro y rellena el alma. Una mujer bella pero horrible. La observé acercarse a la cama y sentí la erección y miedo. Ella era fría, interesada, cruel. Se sentó en la cama, me pidió un cigarro y me ordenó encender la luz del buró. Ella veía el cigarro como a una víctima. “Algo va a decir”, temí.

-¿Sabes?, ya me aburriste. No eres bueno en la cama, no tienes tanto dinero como yo creía y tu fama es sólo un espejismo. Te reto a que me convenzas para que no te deje-. Fue entonces cuando el cigarro cayó de sus labios y ella fue a dar de bruces en el suelo. Me asomé a la orilla de la cama con miedo: la vi convulsionándose, echando espuma por la boca. No supe qué hacer. Beatriz se levantó y ya no era Beatriz: su cabeza era la de un toro y una especie de baba verde  cubría su aún hermoso cuerpo. Se levantó y se tumbó en la cama. Me retiré aterrorizado, escuchaba los gemidos que salían de esa espantosa boca peluda y babeante.

-¡Aa…yú, yú, yú…dame!-. Y todo lo demás fueron bufidos. ¿Cómo ayudarla? No podía dejarla así a su suerte. Decidí pedir ayuda en el bar de don Matías. Me levanté de la cama, me puse los pantalones de mezclilla y salí del departamento. Cuando llegué a la calle me di cuenta que estaba poseído por un extraño frío electrizante. Caminé hasta el bar. Me sentí mucho más tranquilo en la atmósfera con olor a tabaco, alcohol y con la risas de los parroquianos. Ninguno bufaba. Me senté en la barra.

– ¿Qué va a tomar, mi buen amigo?-, preguntó el viejo don Matías mientras se atusaba los pelillos de la oreja.

–Pues… algo para el susto.

– Depende del tipo de susto que usted haya sufrido. Si es por fantasmas y apariciones le puedo preparar un coctelito, si es por espíritus invocados le puedo preparar un…

–No. No fue una aparición… fue una especie de transformación-. Don Matías extendió los brazos sobre la barra, me vio fijamente, entrecerró los ojos con gran interés. Volteó para asegurarse de que nadie escuchara. Se acercó a mí.

                – Dígame, amigo, ¿de qué tipo ha sido la transformación? ¿Licantrópica, vampírica? Deje le cuento que últimamente ha habido varios casos en el pueblo, como el de la mujer del concejal. Qué momento, mi señor, qué momento. Que yo la vi y voto a Dios que ha sido impresionante… y mire que le habla alguien que ha vivido mucho, alguien que ha visto de todo. Aunque, eso sí, es de reconocerse que la señora de por sí era de armas tomar. Imagínese al pobre concejal. No es que quiera minimizar su asunto, ya ve usted el dicho de “mal de muchos”, pero ha sido una temporada de transformaciones atípicas. Ah, vaya que ha sido una temporada difícil, sí señor, que ha dejado mucho dinero a los charlatanes que andan de casa en casa ofreciendo curas milagrosas, pero a los profesionales… nada. Dígame, amigo mío, ¿de qué tipo ha sido la transformación?-. Don Matías esperaba mi respuesta.

–Supongo que es un caso especial. Ella, ella se convirtió en un toro, bueno, su cabeza.

–Ya, ya, ya entiendo. Cosa fácil, mi joven amigo, cosa fácil. No se preocupe.

– ¿Sabe de casos así?

–No son muy comunes, pero por supuesto que los conozco, lo he visto. Últimamente he sabido de varios. Todos los casos están perfectamente documentados y yo vi un par hace un tiempo. Su mujer padece el síndrome minotáurico esperpéntico. ¿Ella se dedica a algo relacionado con la mitología, mitos, leyendas, cosas del tipo?

– Sí, sí, claro. Ella a eso se dedica. Es investigadora y…

–No me diga más, buen hombre, no me diga más, no me diga más. Ya, ya, ya, lo entiendo, créame que lo entiendo. Vi un par hace un tiempo, sí, vi un par hace un tiempo. Llévesela de vacaciones. Ahora con estas cosas de que las mujeres se la viven trabajando e investigando tantas cosas, pues estas enfermedades son cada vez más recurrentes. Ya, ya, llévesela de vacaciones que se relaje, que se olvide de sus estudios por un buen rato. Hombre, que no hay que obsesionarse. Llévesela, que se ponga unas buenas papalinas y ya verá cómo se recupera.

– ¿Me la llevo de vacaciones? ¿Así como está?

–Le va a resultar divertido…

– ¿Divertido para quién?

–En principio para usted. Déjeme adivinar, joven amigo, ¿usted salió de su casa inmediatamente después de la transformación?

– Sí, sí-, don Matías sonrió y luego me vio fijamente con una sonrisilla.

–Mire que se ha comportado usted como un monstruo insensible con la pobre mujer. Es hora de que usted regrese. Debe acompañarla. Ella estará un poco delicada, pero nada de cuidado. Llévela a una playa, hágala sentir bien. Sí, haga eso, haga eso.

– ¿Cuánto tiempo estará así?

–De tres meses a seis meses.

 

Regresé borracho a casa. No tenía miedo. Abrí la puerta del departamento. La encontré en la cama con varios almohadones en la cabeza, de su boca escurría baba una espuma blanca, mezclada con sangre y mucosidades. Me acosté en el sofá. Dormí unas dos horas hasta que escuché los gemidos de Beatriz. Fui con ella, ahí estaba con su cabeza de toro, sufriendo. Estiraba su mano hacia mí y gemía, se quejaba. Le pregunté qué podía hacer por ella, y Beatriz estiraba su mano. Como no podía hablar le pregunté si quería escribir algo. Le di una pluma y papel. Escribió.

 

Arbeit macht frei! Cientos de muertos, los soldados caminan entre sus risas y matan a mujeres y niños, no puede ser, qué hago aquí. Los cadáveres  son arrojados a una gigantesca fosa que, oh, no, rellenan con cemento, algunos moribundos se quejan mientras los soldados echan el cemento sobre sus cuerpos. En el pantano del cemento se mueven piernas, lamentos. En una calle una fila de hombres desnudos son fusilados. Otros son azotados. Altavoces que dicen que todo el mundo debe salir a las calles, “everybody go to dastrit”, nadie puede quedarse en casa. Las máquinas derriban las casas con gente adentro, una nube de polvo se levanta de entre los escombros, quienes lograron sobrevivir e intentan salir de los escombros son acribillados por los soldados. Miles de cadáveres son incinerados en piras, hay gente viva entre las llamas. Huele a carne quemada. Una anciana camina con un pañuelo entre las manos, reza y llora con su bolsa llena de naranjas. Nada me puede salvar. En un rincón sirve una taza de café a su muñeca de trapo deshilachada. Escucho una voz que me dice cosas terribles.

*

¿Dónde está el cuadro? Sí, atrás de ese cuadro. No, no lo veas, quién sabe qué fuerzas puedas desatar con sólo mirarlo. Porque esa pintura que tú hiciste tiene algo de maligno, algún embrujo. Por favor, deja de pensar en el cuadro. Patrañas. Este paño polvoso. He aquí tu rostro, Beatriz, puro pero falso. Este color azul ultramar es bello por intenso. En el cielo de la plaza de toros este azul y unas pinceladas del amarillo sol que ya se oculta. El brillo de los ojos del toro que amenaza con la embestida. Pero, he aquí el secreto, el brillo de la espada que se enfila es el mismo brillo de los ojos, uno y otro se corresponden. La baba que cae del hocico del toro, la sangre que escurre por el lomo del animal. Increíble. Ese otro lienzo me ayudará, un poco de abstracción. Este pincel y trazos gigantes de rojo, intensidades de amarillos y blanco mucho blanco, escupir en el lienzo, sí, vaya que soy malvado. El escupitajo escurre por el lienzo y se mezcla con el rojo y sigue su curso. Un fluido en el lienzo. Arrójate  al nuevo lienzo y corre, corre como si no hubiera nada más en el mundo.

                Tirada en el suelo Beatriz bufaba. Qué espectáculo, me decía una y otra vez mientras destapaba una cerveza. ¿Era amor lo que sentía por Beatriz? Por supuesto, si no me hubiera escapado para siempre. Tu gran cabeza de toro, Beata. 

-¿Sabes qué, Beatriz? Te voy a llevar al cine y a cenar. ¿Qué dices?-. Escuché un animado bufido afirmativo. Beatriz se puso su mejor vestido. Ese vestido negro tan sexy. La vi parada bajo la luz de las escaleras. Se veía realmente bella y exótica con su bello cuerpo con cabeza de toro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s