CONFESIONES DE UN SALINISTA II

EL ACEITE Y EL NOPAL

Tuve la fortuna de vivir en una casa al sur de la ciudad, en Tlalpan. A las seis de la mañana me levantaba. Listo para partir a la universidad observaba el inicio de la vida en el Valle de México: la “arquitectura milenaria” de la mujer dormida y del Popocatépetl delineada por un filo de luz naranja que a cada segundo crecía y se desbordaba al cielo. El paisaje me acompañaba desde mi casa, con el naranja naciente, hasta mi trabajo en un despacho de abogados, con el amarillo intenso, en Paseo de la Reforma.
Salía de mi casa cuando mi padre me avisó de una llamada telefónica. Era de la Oficina de la Presidencia de la República: el presidente Salinas me esperaba a la mañana del día siguiente para desayunar. Sonreí.

Recuerdo que cuando conocí al presidente Salinas en Los Pinos, al despedirme, me preguntó si me habían gustado los huevos con nopal que fueron servidos. Le dije, y era cierto, que habían estado exquisitos y que mi paladar no era fácil de complacer y menos con el nopal, puesto que mi abuelita siempre aquilata sus bondades para curar la gastritis, las úlceras, además de sus cualidades para mitigar los estragos de la diabetes. Salinas comentó que uno de sus platillos favoritos era, en efecto, el huevo revuelto con nopal.

-Mi madre, añadí, dice que el secreto de los huevos con nopal es que la baba se incorpore perfectamente a los huevos a la hora de revolverlos-. Salinas sonrió con franqueza y dijo que me iba a invitar a desayunar nuevamente para que le diera el visto bueno a otras recetas con nopal que le preparaban en Los Pinos.

La verdad no esperaba la invitación y mucho menos en momentos tan álgidos en los que vivía México en aquel entonces.

A la mañana siguiente entraba en Los Pinos con mi ya lustroso traje azul marino. Esperé, como en la ocasión anterior, en una salita con cómodos sillones de piel negra. Un discreto ajetreo señalaba el inicio del día en la residencia oficial. Esperaba frente a una litografía de Chávez Morado. Un elemento del Estado Mayor Presidencial me invitó a pasar al comedor privado. Me senté en la impecable mesa. Había dos lugares dispuestos además del mío. Me preguntaba quién sería el otro comensal. Entró el presidente Salinas. Nos saludamos con cierta efusividad.

-Mire, don Julio, le presento a Sergio. Abogado por la UNAM-. Julio Scherer extendió la mano.

-Somos colegas, entonces-, añadió el entonces director de Proceso antes de sentarse. Fugaz pasó por mi mente la pregunta ¿por qué la invitación? Un cocktail de frutas. Scherer me preguntó por las “vacas sagradas”.

-Castellanos Tena por ahí anda, Burgoa lo mismo.
El mesero trajo los huevos con nopal y yuca.
-Sepa, don Julio, que Sergio comparte conmigo la devoción por el nopal-, dijo Salinas. El derrotero de la plática siguió por las propiedades curativas del nopal: que si en cápsula, que si el licuado con piña en las mañanas para los diabéticos, que si hervido para cicatrizar las úlceras.
-No deje que los japoneses se lleven el nopal-, comentó Scherer a Salinas no sin malicia. El periodista llevó la plática hacia sus terrenos.
-¿Cómo se percibe el conflicto chiapaneco en la facultad, Sergio?-, preguntó Scherer con marcado interés. Esperaba que yo dijera algo de su gusto para cuestionar a Salinas. Traté de ser muy diplomático y no llevar agua al molino de Julio Scherer. Salinas se sirvió jugo de naranja y esperó mi respuesta.
-Igual que en la sociedad entera: por un lado están los devotos del estado de derecho. Otros están con los zapatistas. En medio están quienes respetan las demandas de los indígenas pero reprueban el camino de las armas-. El tema estaba listo sobre la mesa. El tema como un desagradable bocado que el presidente estaba obligado a comer. Acabada mi respuesta se hizo el silencio y después entró al comedor un asistente del presidente que le entregó una tarjeta.
El resto del desayuno sin sobresaltos. Salinas aseguró que la única salida viable al conflicto chiapaneco era la pacífica, la vía del diálogo. Scherer habló acerca de la nula efectividad de los programas sociales y su carácter electorero. Terminó el desayuno con un café negro. Scherer se retiró. Al salir, Salinas me tomó del brazo.

-Hoy conociste al aceite, mañana viene a desayunar el agua. Te espero-.

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