PAO-TSÉ Y LA MARIPOSA DORADA

PAO-TSÉ Y LA MARIPOSA DE ORO

Hace muchos años vivía en las laderas de una montaña un sabio chino de nombre Pao-Tsé. Era un hombre viejo, curtido en arrugas pero lúcido y siempre sonriente. Amaba el arte de la caligrafía. Las horas y los días pasaban y Pao-Tsé arrodillado frente al lienzo trazaba los ideogramas más bellos. El sabio era reconocido también por los consejos que daba a jóvenes enamorados. Así, un día llegó a la aldea un séquito de hombres armados que cuidaban a un jovencito de un reino lejano. Pao-Tsé lavó su pincel y lo dejó secar. Se sentó a esperar. Los hombres presentaron frente a él valiosos regalos de oro y piedras preciosas. Pao-Tsé ni siquiera los vio. Después se presentó el poderoso joven, menudo y soberbio. Pao-Tsé le extendió la mano para que tomara asiento. Así lo hizo el joven.

-¿En qué le puedo ayudar, su Alteza?-, preguntó Pao-Tsé.
-Necesito de vuestro sabio consejo…
-Dígame, dígame, excelencia…
-Hay una mujer de la que estoy enamorado y se niega a responderme.
-Su Alteza, cómo sabe usted que está enamorado…
-Ya no soy un niño. La he visto, he visto sus ojos y sé que la amo. Me pertenece.
-¿Eso es amor, Alteza? ¿Ver a una hermosa mujer, ver sus ojos y decirse que la ama?
-¡Por supuesto!
-¿Y que ha hecho usted para ganar su amor?
-La he llenado de obsequios de diversas partes del mundo, he puesto a sus pies diamantes, anillos, telas invaluables, ganados. Me he postrado ante ella diciéndole que deseo ganarme su corazón…
-¿Y ella qué ha dicho?
-Que nada de lo que yo le dé es suficiente…
-¿Por qué cree que ella piensa así?
-¡No lo sé! Lo he pensado una y mil veces y no encuentro la razón. Le puedo dar todo lo que ella me pida.
-Vaya, terca mujer…
-Muy terca, mi amada mariposa dorada…
-¿Y qué quiere que le diga?
-¡Que me dé un consejo para conquistarla!
-Bien, bien. Mi consejo es el siguiente: déjela vivir en paz, ya no la abrume con regalos. Usted emprenda un viaje y adquiera experiencia. No todas las mujeres caen rendidas ante el oro, a muchas les basta con un corazón sencillo y humilde… y usted no lo tiene. Quizás cuando regresé de su viaje nunca la volverá a ver o quizás sí. No lo sabemos. Déjela ir y, usted, déjese ir. Viaje, aprenda. Ese es mi consejo.
-¿Eso es todo?-, dijo molesto el joven.
-No sé qué más pueda decirle. Ser joven implica riesgos y frustraciones. Usted se arriesgó y, al parecer, perdió. No será la primera vez, pero si entiende la lección sabrá que muchas oportunidades se le presentarán. Oportunidades con mujeres más bellas y más proclives a los regalos lujosos. Tal vez debió empezar con ofrecerle su corazón y no con intentar comprar el de ella. Sea valiente.
Frustrado y entre sollozos, el joven partió con su séquito. Cuando se hubieron ido, el sabio continuó con su arte. Una mujer bellísima se le acercó.
-Hija, ¿con qué ese es el hombre con el que deseas unirte?- preguntó Pao-Tsé.
-Sí, padre. Es un joven terco pero de buen corazón.
-Bien, hija, ve tras él. Y dile que regrese por todas estas porquerías de oro.

La bella muchacha corrió para alcanzar a su amado.48712700_reflectionsII20original1

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