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Ella.

No sabe qué es lo que me inunda.

No sabe de naufragios.

Ni de amaneceres.

Nunca ha padecido sed.

Teme al mar.

Quiere viajar.

Sueña varada en la playa.

Reparar tu embarcación es cosa complicada, piensa.

No sabe que mi barco

tiene siglos labrando

la dura tierra

del mar embravecido.

 

Ella no lo sabe.

El único barco

que podría llevarla a puerto seguro.

 

Ella quiere ver los amaneceres

y anocheceres más bellos.

Ella pasea por la playa.

 

En la noche piso tierra

y ella está sentada

viendo el fuego crepitar.

Sus ojos reflejan las llamas.

No su corazón.

Se pierde en sus pensamientos

y en un acto reflejo dice ¡no! Image

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PLAYA

Minientrada

CURRICULUM VITAE

praga-puente-de-carlos

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De nuevo quedamos Duverger y yo frente a la chimenea. La confusión aumentaba dentro de mí. ¿Por qué el señor Duverger me recibía tan amablemente? ¿El escudo de Sanborns sobre su chimenea tenía algo que ver con Armando y conmigo que nos confesábamos auténticos Homo sanborns? Pero, se me olvidaba en ese momento, la pelota estaba de mi lado. Quien debía dar explicaciones era yo. 
-¿En qué le puedo ser útil, Dr. Lagarde?-, disparó Duverger.
-Un amigo que tenemos en común se preocupa por su salud…
-¡No me diga! Presiento que es mi buen amigo González Sachi. Y supongo que le dijo que su servidor se estaba volviendo loco. ¿No es así?
-No con esas palabras, pero me pidió que lo visitara para, digamos, ver que todo se encuentra bien…
-Doctor, por favor, acompáñeme a la biblioteca-. Le di un buen trago a mi cognac y seguí al señor Duverger. Pasamos a su enorme biblioteca, Toulouse nos seguía entre maullidos. Como si se tratara de una película o de una historia de espías, Duverger tocó el lomo de un libro y se accionó un dispositivo. En cuestión de segundo la biblioteca se convirtió en una sala con monitores, con estantes expedientes, relojes con la hora de las capitales más importantes del mundo, faxes, teléfonos, mapas. No podía creer lo que mis ojos veían y, por supuesto, no me explicaba cómo Duverger se abría tan confiadamente a una persona que apenas, creía yo, conocía. De la pared del fondo de la espaciosa habitación bajó una gran pantalla, como las que se usan en la NASA para monitorear los lanzamientos. En el centro de la pantalla, vi, de nuevo, el escudo de “Sola su virtud…”. 
-Desde esta habitación monitoreamos, hmmm, cómo decirlo, las actividades de ciertos personajes que son potencialmente peligrosos…
-¿Como el Maese Chofonías?-, dije rascándome la barba y con descarado tono irónico. 
-Veo con gusto que Armando le ha contado bien los detalles del chisme-. Duverger se disponía a apretar algún botón de un panel de control cuando cuando Toulouse empezó a maullar con desesperación. Toulouse salió de la biblioteca. Duverger activó el mecanismo para ocultar las pantallas y dispositivos de su “laboratorio” y los libreros volvieron a ocupar su lugar. Con voz entre divertida y nerviosa, me dijo:
-Creo que tenemos visitas, Dr. Lagarde. Acompáñeme y en unos momentos le explicaré qué es lo que está sucediendo y lo que no debe, bajo ninguna circunstancia, suceder-. Salimos de la biblioteca. Toulouse maullaba frente a la puerta que se encontraba abierta. 
-Bien, bien, veamos qué pasa-, dijo Duverger al tiempo que pasaba su mirada sobre toda la planta baja de la casa. Volví a sentir la sensación de extrañeza cuando llegué a esa casa. Creí, de nuevo, ver una sombra que se deslizaba con agilidad por el jardín. Toulouse saltó a la mesa de la sala donde olisqueó un paquete que yo no había visto cuando llegué. Era una caja plateada, recuerdo que era una especie de trabajo de repujado en plata. Duverger se llevó la mano a la frente y lo escuché decir: “No puede ser, no otra vez. Tanto trabajo que me costó remodelarla…”. Una luz cegadora invadió la casa y una fuerte explosión me hizo volar en una nube de vidrios, astillas, humo y olor a azufre. Luego de la explosión un silencio lleno de incertidumbre se apoderó de la casa. No me atrevía a moverme, porque el temor a darme cuenta de que había perdido un miembro era más fuerte que el deseo de salir corriendo de ahí. Sentía un gran hormigueo en todo mi cuerpo, pero me preguntaba si no era ya la sensación del “miembro fantasma” y que mi cuerpo estaba hecho añicos. Preferí no moverme ni abrir los ojos. Tumbado en el piso, aturdido, sentí humedad en la cara, una rasposa humedad. Abrí los ojos y vi a Toulouse cubierto de polvo lamiendo mi cara. Maulló. De entre la nube de polvo vi aparecer una mano de largos y fuertes dedos que tomó mi brazo. Era Duverger. Me paré con mucho esfuerzo. Ahí estaban Samara e Isabel observando con impotencia el escenario de la destrucción. Duverger se dirigió a sus asistentes.
-Señoritas, como lo esperábamos, Maese Chofonías está de nuevo entre nosotros. Por lo pronto destruyó mi recién remodelada casa. Estoy seguro de que el Dr. Lagarde nos ayudará a encontrar a Maese Chofonías antes de que lleve a cabo sus planes. Dr. Lagarde, como bien puede ver, no estoy tan loco-. 
En esa atmósfera de destrucción y aún aturdido, me vi esbozar una mueca de impotencia ante el destino. La suerte estaba echada para dar inicio a la aventura que a continuación les voy a relatar…
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EN EL METRO

 

 

En el metro

sentada a mi lado

arregla de su vestido el cuello

y veo que no son sus pechos

de esa carnosa y babeante voluptuosidad

ni un par de tristes agracejos

son dos colinas

que nacen suaves

y graciosas se curvan

para coronarse en dos

rosadas  perlas

 

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CONQUISTA

 

 

A las mujeres hay que descubrirlas

en arriesgadas misiones

de motín y naufragio

 

A las mujeres se les conquista con poesía

basta con deslizar luminosa palabrería

 

A las mujeres se les pierde

tras enfrentar los cuerpos

en la dura batalla

 

y en un instante

las vemos alejarse

con el botín triunfantes:

llevan nuestros corazones

vivos y palpitantes

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