EXTRAÑA PRESENCIA

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No es la primera vez que me sucede pero sí es la primera ocasión en que voy a platicarlo. Ayer comí con una persona a la que me une una amistad añosa, bien añejada. Me dijo que “ella” anda por aquí. Mi amigo, en tono de broma, me preguntó: “¿no sientes su presencia?” Por supuesto que sí, respondí. 

No me sorprendió la noticia porque ya sabía de su cercanía. Cada que ella ronda por estos lugares siento su “extraña presencia”. Sueño con ella, pienso en ella más que de costumbre. Después de algunos años supe que cuando eso me sucedía era porque ella estaba cerca. En un par de ocasiones la vi en la misma librería. En la primera ocasión platicamos un poco, teniendo como testigo mi babeante boca. La segunda vez, años después, la vi pasar delante de mí y de mi hijo hablando por teléfono, exactamente en el mismo lugar donde platicamos. Pasó etérea, eterna… hablando por teléfono y de la mano de su novio. Mi primer impulso fue hablarle pero algo dentro me detuvo, así, se quedó grabada en mi mente con su paso rápido y sus lentes “Ray Ban” a lo Mc Arthur. Y ese fugaz momento lo resumió todo, sintetizó lo que durante tantos años no pude aprehender: su presencia en mi vida se construye de esos momentos extraños, determinados por Dios, apenas unos roces de su presencia, jirones de sueños. Es como si la Voz me dijera: “De este lucero, solo algunos destellos. Con eso te basta”. Amén.

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LO QUE DIJISTE

Somos de arena

-dijiste-

y elevaste tu cuerpo

como un áureo cáliz

 

Nocturna arrojaste tu alma

a un profundo pozo luminoso

Es el amor

-dijiste-

Nocturna vuelves de la odisea

con tus enceguecidos ojos

Es el amor

-dijiste-

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