La víspera de la muerte

Vi tu cuerpo tendido en plena avenida.

Corrí a tu lado. Apreté tu mano.

Aún estabas aquí. Te pedí que te recuperaras, exigí

que te levantaras y nos fuéramos a casa.

… tenía que pasar que en uno de tus paseos por el minoico laberinto…

de tus enrevesados recuerdos: buscabas a tu padre, a tu madre,

a tu hermano y a tus hijos que habías dejado en casa, solos.

Y fue que yacías en ese frío asfalto rodeado de policías.

“Se cayó”.

“Se cayó dos veces”.

“Cómo es posible que lo hayan dejado salir”

¡Papá, papá, papá, vámonos a casa!

!Vámonos a casa!

!Aprieta mi mano si me escuchas!

Y apretabas mi mano con calidez, con ternura.

Me protegías del intenso dolor.

No decías nada, solo tu rostro amoratado,

y la sangre que salía de tu boca.

Apretabas mi mano.

Lo sé: me protegías de la muerte.

Oh, padre, no puedo seguir escribiendo.

Tú, allá en un hospital, secándose tu cuerpo,

y viviendo quién sabe cuántas otras vidas.

Y yo, aquí, el más frágil de los humanos

que extraña en este extraño lugar

tu osadía de enfrentar el mundo,

 

No sé qué más…

es esto apenas un aullido en la noche que nos cubre.

 

 

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